La semana pasada cerraron de repente y sin avisarme con antelación la cafetería donde cada día iba a comer en el instituto de enseñanza secundaria vecino a mi universidad. Todo lo que había era una nota en la pizarra que a diario exhibía el menú: ‘Feliz Navidad y Feliz Verano. Volvemos en febrero’. En ese momento me sentí algo perdido: ¿Dónde iría a comer ahora? ¿Dónde me servirían como a un cliente de la casa otra vez?
Así que esta semana me vi obligado a peregrinar en busca de cafetería con menú diario bueno y barato.
El primer día fui al restaurante de comida rápida chino de la universidad. No está mal, pero no me veo comiendo menú chino a diario. Además, me pone algo nervioso la actitud de “dime rápido lo que quieres que tengo prisa” que las dos mujercillas que atienden imponen al cliente. Yo puedo ser un manojo de nervios desde que me levanto hasta que me acuesto, pero la hora de la comida es mi oasis de tranquilidad diario: me tengo que sentar, dedicarme al menos 45 minutos, saborear mi plato y hacer una pequeña sobremesa. Así que estas mujercillas (que he decir que son amables) y yo somos incompatibles.
El segundo día fui al complejo de restaurantes del centro comercial: dios, la peor pasta que he probado en mi vida. Demasiada gente, no me concentraba leyendo mi libro y al fin y al cabo comer en un centro comercial tampoco me da esa paz que necesito. Ahora bien, la comida estaba tan mala que decidí comerme un postre de impresión: pan de plátano con capuchino.
Y hoy creo que mi peregrinaje ha llegado a su fin. He ido a la cafetería del edificio central de la universidad. Hasta ahora iba solo de vez en cuando porque el menú era un poco más caro. Pero ayer me saqué la tarjeta de descuento de la universidad y ¡ ¡ ¡ bien!!!!, el menú me sale a igual precio que anteriormente, incluso más barato con el café. Además, el encargado es mi antiguo compañero de piso y hoy hemos comido juntos tan animosamente.
Así que hoy estoy más feliz que una perdiz.
Me acabo de dar cuenta que las perdices son comodines en esto del refranero y la felicidad.
Porque también se dice “Y fueron felices y comieron perdices”. Vamos, que lo mismo te identificas con una perdiz que te la comes. Qué versátiles estas perdices.
Un abrazote.
Así que esta semana me vi obligado a peregrinar en busca de cafetería con menú diario bueno y barato.
El primer día fui al restaurante de comida rápida chino de la universidad. No está mal, pero no me veo comiendo menú chino a diario. Además, me pone algo nervioso la actitud de “dime rápido lo que quieres que tengo prisa” que las dos mujercillas que atienden imponen al cliente. Yo puedo ser un manojo de nervios desde que me levanto hasta que me acuesto, pero la hora de la comida es mi oasis de tranquilidad diario: me tengo que sentar, dedicarme al menos 45 minutos, saborear mi plato y hacer una pequeña sobremesa. Así que estas mujercillas (que he decir que son amables) y yo somos incompatibles.
El segundo día fui al complejo de restaurantes del centro comercial: dios, la peor pasta que he probado en mi vida. Demasiada gente, no me concentraba leyendo mi libro y al fin y al cabo comer en un centro comercial tampoco me da esa paz que necesito. Ahora bien, la comida estaba tan mala que decidí comerme un postre de impresión: pan de plátano con capuchino.
Y hoy creo que mi peregrinaje ha llegado a su fin. He ido a la cafetería del edificio central de la universidad. Hasta ahora iba solo de vez en cuando porque el menú era un poco más caro. Pero ayer me saqué la tarjeta de descuento de la universidad y ¡ ¡ ¡ bien!!!!, el menú me sale a igual precio que anteriormente, incluso más barato con el café. Además, el encargado es mi antiguo compañero de piso y hoy hemos comido juntos tan animosamente.
Así que hoy estoy más feliz que una perdiz.
Me acabo de dar cuenta que las perdices son comodines en esto del refranero y la felicidad.
Porque también se dice “Y fueron felices y comieron perdices”. Vamos, que lo mismo te identificas con una perdiz que te la comes. Qué versátiles estas perdices.
Un abrazote.